Aceptar a la madre, cuando las razones por las que creemos odiarla tienen que ver con una lucha histórica, es un acto de sororidad.

Por: Ernestina Herrera  |   13 Abr, 2021 - 12:28 pm

No sabría en qué momento exacto empecé a odiar tanto a mi mamá. Calculo que debe haber sido alrededor de los 14 años, en esa tediosa y compleja edad en la que todas empezamos a irnos en contra de nuestras mamás, más aun si coincide con una separación o divorcio, como en este caso. Fue en esa época que ella y mi papá se empezaron a pelear día por medio. Se gritaban, se forcejeaban, ella le reclamaba que él no estaba nunca en casa, que ya no aguantaba y no podía hacerse cargo de mí y de mis tres hermanos, mientras él hacía quién sabe qué. Después él le gritaba de vuelta, se cerraban las puertas en la cara y ella terminaba sentada en la mesa de la cocina con una botella de vino, a veces dos. Tengo esa imagen impregnada en la cabeza: ella en bata, bajándose la botella y envuelta en una nube de humo. Yo me acercaba sigilosa, pero ella, balbuceando, me pedía que me fuera. Quería estar sola”.

Fue en ese contexto que empecé a resentirla y después a despreciarla. Creía, en ese entonces y durante mucho tiempo, que era la culpable de todo; de estar alejando a mi papá, de todo lo malo que nos estaba ocurriendo y, finalmente, de que mi papá decidiera agarrar sus cosas e irse de la casa para nunca más volver. Me daba pena y me empezaba a dar asco. Tanto así que unos meses después de que se fuera mi papá, mientras peleábamos, la miré fijo y le dije ‘te odio con todo mi ser y te voy a odiar siempre’. A ella le lagrimearon los ojos, pero yo no me quedé ahí para verlo.

A las tres semanas agarré mis cosas y al igual que mi papá, me fui de la casa. Ya tenía 16 años, me creía autosuficiente y autónoma, pero no sabía nada que no era así. No quería estar cerca de ella, de su energía, de sus dramas, de sus complejos. Sobre todo, no iba a dejar que arruinara mi vida como lo había hecho con la suya. A mí ya me había puesto a un lado, no me había dejado entrar cuando la busqué y nunca quiso realmente que nos lleváramos bien. Su vida había sido pelear con mi papá, y ahora que él no estaba, todo le daba igual. Nosotros, sus hijos, también habíamos sufrido su partida, pero ella nunca nos acogió en ese proceso doloroso. O al menos eso sentía yo. En mi cabeza, no había sido buena madre. No así mi padre, que aunque se hubiese ido, seguía siendo un referente para mí.

Qué curioso eso, lo fácil que se nos da juzgar a la madre y lo mucho que le aceptamos y perdonamos al padre, incluso cuando  él es el que se va y la mamá la que siempre está. Pero yo no era consciente de eso. De esa carga histórica que lleva consigo cada madre. Cada mujer en el mundo.

Esa rabia adolescente me duró mucho. Pasé mi juventud de casa en casa, de trabajo en trabajo. Y con cada cambio e imprevisto, la culpaba un poco más. Cada mala noticia alimentaba un poco más ese odio, hasta que incluso olvidé las causas iníciales. Ya no tenía del todo claro por qué la odiaba, solo sabía –como si me lo hubiesen tatuado en el alma– que no la dejaría entrar a mi vida nunca más. Y tuve que cerrarle la puerta muchas veces. Porque ella vino. Tocó, se quedó afuera, llamó a mis amigos y trató de comunicarse. Pero yo no le di la oportunidad. Para mí era ella la que no había sabido ser madre. ¿Tenía algún referente de lo que era ser ‘buena’ madre? Probablemente no, pero a ella no se lo iba a perdonar. La perdoné recién hace un año, después de un proceso largo y doloroso en el que pude dilucidar cosas que nunca antes había visto. Y le pedí que me perdonara.

Me costó mucho entenderlo pero finalmente lo hice, cuando yo también me vi sobrepasada con la vida. Ahí recién pude verla a ella como lo que era; porque no era solo madre, ese era uno de sus múltiples roles. Ante todo era mujer y cuando la vi así, dejando de lado el lazo biológico y todas las expectativas que conlleva, la pude entender. Era mujer en una sociedad que siempre había sido injusta con ella, como con todas nosotras; sobre exigidas, sobrecargadas, llenas de presiones, expectativas y mandatos, tratando de hacer lo mejor posible, surfeando la ola. Porque hagamos lo que hagamos nunca parece ser suficiente.

Pero para lograr eso tuve que dejar de verla como madre, porque desde ahí siempre la critiqué. Recién cuando la vi como par, logré empatizar con ella. Y ella, en vez de reclamarme, me recibió sin dudar a brazos abiertos. Me abrazó como si no hubiese abrazado un cuerpo en años.

Aceptar a la madre, cuando las razones por las que creemos odiarla tienen que ver con una lucha histórica, es un acto de sororidad. Ver a la madre como ser humano, como mujer, como par, a la que le han pasado cosas, que ha sufrido, que ha sido víctima de un sistema históricamente injusto, que está cansada, y sobrepasada. Lograr despejar lo demás y entender que hizo lo mejor que pudo, en un contexto que ciertamente no fue amable con ella. Porque en definitiva, cuando entendí que además de ser mi madre es mujer, con todas las dificultades que eso conlleva, la pude finalmente perdonar”.

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