Más de 12 horas por una cédula: historias frente al Saime Maturín

A las 9:18 de la mañana, José Francisco Lemus Rodríguez, salió de las oficinas del Saime Maturín con la cédula de identidad en la mano, el documento que lo acredita como ciudadano venezolano. María Milagros Delgado Velásquez, no corrió con la misma suerte.

Ambos tienen algo en común: dispusieron de más de doce horas para intentar obtener el "papelito". La diferencia estuvo en el momento en que llegaron… y en el resultado final.

José Francisco, al conocer que el Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería había extendido la jornada de cedulación sin cita, decidió presentarse a las seis de la tarde del día anterior para hacer la cola. Al llegar, se encontró con que delante de él había cinco personas anotadas en una lista improvisada.

Irse a casa no era una opción: corría el riesgo de perder el cupo. De inmediato entabló conversación con quienes tomaron la misma decisión que él.

Dormir era imposible. En las inmediaciones del Saime está prohibido pernoctar y funcionarios policiales realizan recorridos constantes para hacer cumplir la orden. Pasó la noche caminando, conversando, contando chistes y hablando de diferentes temas.

A las seis de la mañana del día siguiente ya estaba sentado en la acera, frente a la sede del Saime, esperando que abrieran las puertas para ser de los primeros en ingresar.

Muy distinta fue la experiencia de María Milagros. A las 3:30 de la madrugada sonó el despertador que le indicó que debía levantarse para realizar el trámite. Preparó café, se alistó y salió de su casa, ubicada en Las Cocuizas, poco antes de las cinco de la mañana.

Al llegar a la avenida José Tadeo Monagas, donde se encuentra el Saime, se encontró con la realidad: más de 600 personas ya estaban en la fila. Algunas frente a la institución, la mayoría al otro lado de la avenida. No le quedó otra opción que armarse de paciencia y esperar, rogando poder entrar y sacar su cédula.

Los que hacen su agosto, como dice la frase popular venezolana son "los tequeñeros", el vendedor de chicha y un hombre que vio la oportunidad de montar un negocio sacando copias y que no desaprovechó.

A las siete de la mañana se desató el "bululú". Corrió la voz de que “la lista que está rodando no tiene ningún valor”, lo que provocó que muchas personas salieran de la fila y al intentar regresar, se les impidió retomar su lugar. María no logró “colearse”.

Al mediodía, la lluvia cayó sobre la capital monaguense. Todos corrieron a resguardarse bajo el techo del negocio de copias. Agradecieron que el espacio fuera amplio y no se mojaron, un nuevo "saperoco" se formó cuando intentaron volver a sus lugares, "yo iba aquí, ese señor no estaba en la cola, la señora de rojo va allá adelante".

En medio de la espera, una adolescente, de unos 15 años, llegó con una taza que contenía pasta con carne molida y un envase con jugo. Se los entregó a María y le dijo: “Te lo manda mami, para que aguantes”.

La cola avanzaba lentamente. A las tres de la tarde aún quedaban muchísimas personas que habían llegado desde la madrugada. Un uniformado de la institución informó que a las cuatro de la tarde cerraría la oficina y que solo atenderían a quienes estuvieran dentro de la sede; el resto debía retirarse y volver otro día.

Los ánimos se caldearon. Comentarios e insultos estuvieron a la orden del día.

María no logró su objetivo. Tendrá que hacer lo mismo que José Francisco: pasar la noche en vela si quiere obtener una cédula vigente, la misma que hoy apenas se lee porque terminó en la lavadora, olvidada en el bolsillo de un pantalón.

Tomas Leonett

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