11 de junio de 2018 | 374 Visitas hasta ahora...

Por qué la primera cita es un oráculo para saber si la cosa va a funcionar

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Tenés un primer encuentro con él que podría ser solo sexual. Pero al día siguiente llamás a tu amiga y le decís: “Estuvo bien, pero…”. Ese “pero” construye un montón.

Al oráculo, como símbolo, se lo puede relacionar con nuestra voz interior. Todas las personas la tenemos, y ni qué hablar de las mujeres, que tenemos muy afinada la intuición y nos ganamos esa fama desde tiempos inmemoriales.

También en situaciones amorosas es imprescindible escucharse a una como mujer: “Me estoy forzando mucho”, “pegamos la mejor de las ondas” o “ya sé que no va” son frases que pueden surgir en los primeros encuentros con alguien pero que, si la energía está puesta en otro lado, pasarán desapercibidas (o nos haremos las distraídas).

La clave para escuchar al oráculo está en conectarte con la intuición y confiar en ella; expandir la conciencia para ver más allá de lo superfluo que aparece mientras vos y él intentan mostrar su mejor perfil –algo así como una descripción ideal de Happn–.

Porque, aunque queramos ocultar ciertos rasgos, la realidad es que, vayamos a donde vayamos y estemos con quien estemos, nunca dejamos de ser nosotras. La mente no puede ocultar nuestra esencia; es como si hubiera un cartel de neón sobre nuestra cabeza que indica nuestra verdad.

Y este letrero también está en el otro. Charlando por primera vez, podés leerlo a él, verte a vos y dejar que surja una respuesta sincera de eso que está apareciendo. Puede sonar loco o apresurado, pero, en el fondo, sabemos que es así.

Primero: soltá los prejuicios

Desde los primeros encuentros amorosos se ponen en juego nuestras vulnerabilidades y esto, desde lo frustrante o maravilloso, puede generarnos mucha ansiedad. Queremos saber qué pasará con relación al otro y, con ese objetivo, le hacemos una radiografía exhaustiva que comienza con el stalkeo previo. La noticia es que, siguiendo estos patrones, seguiremos andando por el mismo camino. Es cierto que en una cita inicial podemos descubrir mucho del hombre que tenemos sentado enfrente, pero no de la manera en que estamos acostumbradas.

En la medida en que se pueda, liberate de los prejuicios. Empezá por no apegarte a las referencias que tengas de tu cita o lo poco que conozcas de él. Sacale la carga de ser un gran conversador, que te haga reír, sea canchero, tenga un nivel cultural de diez o sea un dios en la cama. Y vos date una licencia y hacé de cuenta que empezás de cero. Es difícil resetear si venís de malas experiencias o situaciones que no te coparon demasiado o si estás cansada de “tener citas”. Pero hacé un intento por no llegar con esa carga y dejala en la puerta del bar. Mucho mejor si la dejás en el pasado y te quedás con el aprendizaje.

El método

La cita: entre la primera y la tercera cita podés identificar los patrones del otro. Es más, si ya estás en pareja, fijate si te podés acordar de qué primeras sensaciones tuviste de él cuando lo conociste y vas a ver que son cuestiones que todavía se mantienen. Por eso, para ver si es lo que estás buscando como compañero y para seguir creciendo, lo ideal es que en la salida dejes hacer al otro. Buscá conocerlo como un todo, sin diseccionar. La “lectura” será enriquecedora en la medida en que la energía fluya. Por eso, relajate, sacale expectativa, intensidad, no pongas todos los huevos en esa canasta, divertite. Evitá que una sentencia (positiva o negativa) surja de un par de frases encantadoras o de una demora de cinco minutos. No trabes el flow con una mirada sesgada, si no, las respuestas que obtengas van a quedar a mitad de camino. A veces, nos cuesta mucho abrir este canal y la razón es contundente: ¡nos cuesta mirar nuestros propios patrones! Si somos demasiado duras con lo que no nos gusta de nosotras mismas, ¡imaginate con los otros! Por eso, si observás al otro desde un lugar cándido, vas a ver tu propia mente reflejándose. El oráculo está dentro de vos, y muchas veces te encontrás a vos en el otro y esto puede ser perturbador y encantador a la vez. Entonces, este momento no es para determinar si es o no el hombre de tu vida, sino que se trata de una oportunidad para mirar otro hombre amorosamente y verlo de verdad, conocerte más, ver qué querés y así generar nuevos lazos.

Postcita: la segunda parte es que te escuches cuando les hablás a tus amigas contándoles cómo te fue. “Es muy divertido, pero me pareció un nene de mamᔠo “me encantó físicamente, pero creo que es muy narcisista”, son algunas de las frases que pueden surgir. La noticia es que en él no hay nada que reparar, solo cualidades que reconocer y aceptar si te suman o no, si es que querés darle para adelante. Preguntate qué te movilizó y por qué, qué es lo que te está mostrando. Lo que nos sucede muchas veces es que la atracción eclipsa lo malo: ya sabés, por ejemplo, que no quiere algo a largo plazo, pero es muy bueno en la cama, y tarde o temprano terminás sufriendo porque estás buscando una pareja (ver recuadro “¿Por qué dejamos pasar las alertas de las primeras citas?”).

La respuesta es sincerarse

¿Podés aceptar lo que te hace ruido del otro? Si sabés que no lo vas a bancar, no sigas adelante inventándote historias del estilo “la cosa ya va a funcionar”. El único destino es la frustración. Salí primero con vos misma y cosechá amor propio para generar encuentros sinceros con un hombre.

Ahora, cuando sos honesta y frontal y abrazás la completud del otro sin tomar sus cualidades como positivas o negativas, se abre un nuevo camino. Esta relación puede durar o no, pero va a ser verdadera porque surge de una conexión real.

Descubrir quiénes somos y qué es lo queremos no es fácil, es un acto de valentía. Porque el amor verdadero se trata de dar y volverse indefensa: te hace frágil pero irrompible, delicada pero enormemente poderosa. Escuchá al oráculo –que te susurra al oído desde la primera cita– para encontrarte con este sentimiento tan noble.

¿Por qué desoímos las alertas?

Por Rajshree Patel, coach especializada en vínculos.

El tema es que no queremos ver. Aceptamos lo bueno del otro sin cuestionar. “Es sexy, lindo, gracioso, creo que me va a cuidar, quiere a mi perro…”: todo se convierte en certeza, pero es muy probable que no sea igual en un año, cuando lo conozcamos mejor. “Pero es controlador…”, percibimos también en una primera o segunda cita. Eso, en cambio, creemos que se puede modificar. Si su buen humor no va a cambiar, su generosidad no va a cambiar, ¡¿por qué sí va a cambiar lo que no nos gusta?!

Cuando algo no nos atrae, creamos excusas, compensamos al otro aunque no lo pida: decimos que es así porque está estresado, que quizá venga de una mala relación o lo que se nos ocurra para eximirlo por algo que nos molesta. Operamos desde un lugar de “es el principio” y nos subimos al caballo de “va a cambiar”. Creemos que el tiempo, nosotras, nuestro amor y nuestra grandiosidad lo van a cambiar. En parte es porque vemos nuestro propio potencial. Nos armamos en la mente una historia que dice: “vamos a hablar y nos vamos a comunicar, necesitamos tiempo para entendernos un poco mejor”. Y nos creamos una ilusión porque no queremos la verdad. No nos damos cuenta de que cambiar al otro es más difícil incluso que cambiarnos a nosotras mismas. Entonces, la palabra clave es “aceptar”. Es cierto, tenemos un caudal enorme de amor y cuidado para dar, y el amor es el poder transformador más maravilloso que existe. Pero nos olvidamos de que el poder transformador del amor es posible solamente cuando del otro lado hay espacio para recibir ese amor. En ese caso, amor incondicional es el que acepta todas las cualidades como son. Y para poder aceptar, tendríamos que aceptarnos primero a nosotras mismas. Entonces, cuando veas que se trata de tu propia capacidad de amar y no de que él cambie, y cuando haya conexión y ganas de compartir, ahí sí crecerán las posibilidades de la pareja.

//La Nación

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