Por: Ernestina Herrera  |   31 Dic, 2020 - 3:00 pm

Hasta el momento, el Gobierno no ha podido controlar la inflación, pero ha producido  la dolarización de su economía como solución definitiva: al imposibilitar al estado emitir dinero, se eliminaría la expansión monetaria que empuja el alza de los precios.

Pareciera que el Gobierno se viene aproximando, por fuerza, a esta medida, a pesar de haberlo negado rotundamente. En las ciudades principales del país -según una encuesta reciente de la consultora Ecoanalítica- más de la mitad de las transacciones se estarían haciendo en moneda estadounidense. El ámbito dolarizado ha generado una burbuja en la que no hay escasez, haciendo que quienes posean suficientes dólares sientan que se les abren las puertas a la prosperidad. Se obnubila la situación de la inmensa mayoría que, al no tener acceso a la divisa, sobrevive apenas en condiciones sumamente deplorables.

Los precios inflados, además, siguen presentes, pero esta vez por la especulación de comerciantes oportunistas, no por desórdenes monetarios. Algunos opinan -entre ellos, el gurú de la economía Steve Hanke- que toca terminar de instrumentar las medidas que hagan al dólar moneda oficial de Venezuela y dejar atrás la terrible vorágine que ha destruido el poder adquisitivo de los venezolanos. Otros, sin idea alguna de cómo funciona una economía, ya proponen salarios mínimos de USD 300. ¡Salimos de la miseria!

El dólar es una quimera

Título de una canción, pero es verdad. Se presentan en Venezuela dos problemas que hacen de sus esperadas bondades una quimera.

El primero es, desde luego, que no hay dólares o, mejor dicho, estos son demasiado pocos para lubricar la recuperación económica.

Según las estimaciones de algunos economistas, como Asdrúbal Oliveros, de Ecoanalitica: este año “las exportaciones de petróleo no llegarán a  6 millardos de dólares. El saqueo de minerales del arco minero guayanés y lo obtenido por otras actividades ilegale, podría añadir unos  2 millardos o más. Las remesas, en esta era de confinamiento y caída en la actividad económica en el mundo, difícilmente pasarían de ese monto. Y si las exportaciones privadas (no tradicionales) superan el millardo. Será gracias a la incipiente exportación de servicios.

Estaríamos hablando de un ingreso total de divisas probablemente inferior a  10 millardos de dólares. Actualmente Venezuela no tiene acceso a fondos internacionales, ni siquiera chinos. Luego están sus compromisos internacionales. La República y PDVSA ya no pagan el servicio de sus deudas, pero están las importaciones y algunos servicios ineludibles”.

¿Cuánto quedaría, entonces, como base monetaria (en dólares) para las actividades domésticas?

Cabe señalar que la capacidad crediticia de la banca interna es mínima. En dólates sus activos totales apenas superan los 5 millardos. Su cartera propiamente crediticia resultó ser el equivalente de apenas 208 millones en octubre de este año. Una economía en el estado de depresión en que se encuentra Venezuela tiene una demanda por créditos muy baja, lo que restringe la función expansiva del multiplicador monetario. De manera que, sin los cambios estructurales que restituyan las garantías, restablezcan la confianza requerida para atraer inversiones y para negociar una importante restructuración de la deuda externa, y permita contraer cuantiosos empréstitos con los organismos multilaterales; la dolarización sólo sería compatible con una actividad económica muy reducida, todavía menor a la de una economía enana. En ausencia de la prodigiosa renta petrolera, que tanto nos malcrió en el pasado, el salario medio se conservará, probablemente, en torno a los miserables niveles de hoy.

La debacle económica

El otro problema es que el Gobierno escasamente se financia con impuestos, dada la destrucción de PDVSA y el colapso de la economía interna. La enorme brecha fiscal se cubre con emisión monetaria del BCV. El fin de dolarizar es, precisamente, eliminar tal opción. En ausencia de acceso al crédito internacional y con el tamaño reducido de la banca doméstica, habría que hacer una amputación drástica del gasto para cerrar la brecha fiscal.

Si bien, en términos reales, tal como lo analiza Oliveros, el gasto público se ha reducido significativamente por la depreciación del bolívar. Todavía paga cerca de 3 millones de empleados (con sueldos muy miserables), servicios públicos (venidos a menos), el funcionamiento de escuelas, hospitales y universidades (con recursos muy desmejorados), compras públicas y otras actividades.

Una estimación somera llevaría a vislumbrar una contracción del gasto probablemente mayor al 50% para cerrar el déficit. ¡Una debacle inmensa! De ahí el rechazo tajante de Maduro a hacer del dólar moneda oficial. No, no es por ninguna sensibilidad patriotera en mantener el bolívar, sino porque -simplemente- su esquema de expoliación se le viene abajo si no puede mantener la ficción de ocuparse de la gestión pública.  La dolarización hace de la gestión pública -en ausencia de financiamiento externo- inmanejable. La debilidad actual del régimen haría de la dolarización su tumba.

La “bala de plata”

Cabe señalar que la dolarización colocaría a la economía venezolana a merced de la política monetaria del país emisor (EEUU) y haría que, en última instancia, toda expansión monetaria autónoma estuviese sujeta a saldos positivos en la balanza de pagos. Pero podría ser la “bala de plata” -la única posible- para acabar, de una vez por todas, con la inflación. Habría que preguntarse, sin embargo, a qué costo. No obstante, el esquema bi-monetario actual representa un vertedero importante para el lavado de divisas mal habidas.

En el estado en que se encuentra la economía venezolana, la dolarización -como cualquier esquema de estabilización macroeconómica conservando el bolívar- sólo podría funcionar en presencia de un muy generoso apoyo del FMI, que incluya la restructuración de la cuantiosa deuda del país para aliviar, significativamente, su servicio.

Las posibilidades de ello pasan por un programa de estabilización que ataque las enormes distorsiones generadas por el régimen de expoliación, restituya las garantías económicas y emprenda un proceso profundo de reforma estructural que haga viable la gestión pública y el reembolso de los empréstitos contraídos.

Por otro lado, la posibilidad de sostener salarios dignos, que no se deterioren en el tiempo, no sólo está sujeta a que se cuente con una moneda estable. Depende de que aumente de manera sostenida la productividad laboral. Ello es función de la inversión, de la innovación y el cambio tecnológico, de la capacitación y la formación de talentos, y del despliegue amplio de la iniciativa privada, en un marco institucional inclusivo que genere seguridades y confianza. Es decir, la antítesis de la situación actual.

La dolarización, en absoluto, es la solución mágica a nuestros problemas.

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