Alberto Jiménez: el reflejo del olvido periodístico

El periodismo en Monagas está de luto. La voz de Alberto Jiménez, se apagó para siempre, pero su partida deja una profunda reflexión sobre la manera en que el gremio acompaña a sus propios colegas en los momentos más difíciles.
Quizás uno de los mayores temores de toda persona se hizo realidad en la vida del periodista y escritor Alberto Jiménez: morir solo.
Jiménez falleció la tarde de este lunes 31 de agosto, luego de ser localizado y trasladado por efectivos del Cuerpo de Bomberos, hasta el Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar (Humnt). Cuando llegó al centro asistencial, ya no había nada que hacer. Su cuerpo no presentaba signos vitales y los médicos de guardia decretaron oficialmente su deceso.
A los pocos minutos, las redes sociales, principalmente WhatsApp, se inundaron de mensajes de despedida, mediante obituarios se resaltaban sus cualidades profesionales, su vocación de servicio y su aporte al periodismo monaguense.
Pero detrás de esos obituarios queda una pregunta incómoda ¿Dónde estuvieron esas manos cuando Alberto las necesitó? ¿Por qué cuando llegó el momento de ayudar, sencillamente no se hizo lo suficiente. Y cuando necesitó una mano amiga, fueron pocos —muy pocos— quienes estuvieron allí, incluidos sus propios colegas?.
Alberto Jiménez, atravesaba una delicada condición de salud que se fue agravando con el paso de los días. Poco a poco, el periodista reconocido por su trabajo en la comunicación popular fue quedando (voluntaria o involuntariamente) en las periferias, hasta convertirse en uno más de los que terminan enfrentando sus últimos días en medio de la soledad y el abandono.
Quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo destacan su capacidad para hacer comunicación popular, su entrega a la profesión y, sobre todo, su disposición permanente para servir.
Pero, murió solo.
Requirió una ayuda que pudo llegar y no fue así. Un reducido grupo de periodistas llegó a conocer su situación y comenzó a gestionar opciones para brindarle atención. Incluso, algunos lograron coordinar un lugar donde pudiera recibir asistencia oportuna y de calidad. Pero Dios decidió llamarlo antes.
Para la licenciada Ernestina Herrera, la muerte de Jiménez, representa el reflejo de la realidad que atraviesa el gremio periodístico. “Cada quien anda por su lado, buscando cómo sobrevivir sin que nos importe lo que está viviendo o sufriendo el colega”.
A su juicio, Alberto tampoco recibió en vida el reconocimiento que merecía, ni de las autoridades ni del Colegio Nacional de Periodistas (CNP), pese a su trayectoria y aporte a la comunicación en Monagas.
Una amistad hasta el final
Entre las personas que permanecieron junto a Alberto en sus momentos más difíciles está la comunicadora Elimar Martínez, quien compartió durante años con él y terminó convirtiéndose en una de sus amigas.
Elimar estuvo a su lado hasta el final. Incluso, fue a ella, a quienes los médicos le entregaron las pertenencias que Jiménez llevaba consigo al momento de su fallecimiento.
Si alguien conocía de cerca sus padecimientos y las dificultades que atravesaba, era precisamente Martínez, conductora del programa Entre Suave y Pop y Algo Más, transmitido por Tu Preferida 104.5 FM.
En ella se cumplió aquello de que los verdaderos amigos se conocen en los momentos difíciles. Su acompañamiento no terminó con la muerte de Alberto.
Con entrega desinteresada, Elimar asumió la gestión del servicio funerario que permitirá darle el último adiós a quien dedicó buena parte de su vida a ser la voz de otros.
Una muerte que genera reflexión
Alberto Jiménez deja un legado de compromiso, profesionalización y entrega al ejercicio de la comunicación. Pero también deja una pregunta que debería retumbar en las redacciones, emisoras, instituciones y organizaciones gremiales: ¿Qué estamos haciendo por nuestros colegas mientras están vivos?
No basta con llenar las redes sociales de mensajes cuando alguien muere. Un periodista que durante años fue la voz de muchos no debería terminar silenciado por el abandono, el olvido o la indiferencia de quienes compartieron con él la misma profesión.
La muerte de Alberto Jiménez no solo enluta al periodismo monaguense. También debería servir para mirar al gremio y preguntar si se está haciendo lo correcto al momento de tender una mano cuando realmente hace falta.
Porque los homenajes póstumos no sustituyen el acompañamiento en vida. Y Alberto, como otros periodistas, merecía mucho más que un obituario.

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