Cristianos en Líbano: estamos atrapados

En la iglesia de Qlaaya, una imagen gigante de Pierre al-Rahi recuerda que "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos". El párroco actual, Antonios Farah, ha siso testigo de ataques: un obús israelí impactó la casa del clérigo mientras Farah llegaba al lugar. Aunque inicialmente Al-Rahi sonrió y levantó el pulgar, una esquirla de metralla le había cortado una arteria; murió poco después en el hospital.

Este suceso ha conmocionado a la minoría cristiana libanesa, que se declara neutral. Pese a que históricamente Israel mantuvo alianzas con milicias cristianas hasta el año 2000, la ofensiva actual parece no distinguir credos. A solo cinco kilómetros de Jiam, bastión de Hizbulá, Qlaaya observa cómo barrios cristianos enteros y la recién rehabilitada iglesia de San Antonio han quedado reducidos a escombros. Hasta la fecha, al menos decenas de libaneses cristianos han fallecido bajo fuego israelí.

La acometida israelí no ha respetado ni templos religiosos cristianos, ni los símbolos de esa confesión, tampoco las del resto de creencias y ha acabado con la vida de al menos siete libaneses de dicha fe.

Bajo la premisa de que "ahora matan o expulsan por igual", líderes de la comunidad cristiana en el sur del Líbano denuncian un cambio drástico en la estrategia militar de Israel. Adib Ajaka, alguacil de Yaroun, documentó cómo excavadoras israelíes derribaron el convento y la escuela de las Hermanas del Santo Salvador, una acción que el ejército de Israel justificó alegando falta de señalización religiosa, pese a la presencia de estatuas de la Virgen en el lugar.

Para el párroco Charbel Naddaf, la intención es vaciar la región para impedir el retorno de sus habitantes. Esta hostilidad no parece ser un hecho aislado; la Universidad Hebrea de Jerusalén y el Centro de Datos sobre Libertad Religiosa advierten sobre un patrón creciente de agresiones y humillaciones diarias contra cristianos. Aunque el primer ministro Benjamin Netanyahu defiende a Israel como un refugio de libertad de culto, los hechos en el terreno, como el asesinato del civil Sami Ghafari mientras regaba su jardín en Alma al Shaab— han forzado un éxodo masivo de esta minoría, que se siente "atrapada en un sándwich" entre Israel y Hizbulá.

El despliegue de armas de Hizbulá el 2 de marzo en los campos del sur fue el preludio de una ofensiva israelí que no ha dejado piedra sobre piedra. En Qouzah, la ocupación militar derivó en la demolición sistemática de viviendas vacías y símbolos religiosos, como la estatua de San José. Los desplazados, hoy agrupados en centros de acogida del patriarcado maronita, denuncian a través de videos el saqueo de sus propiedades por parte de las tropas. Samar Samih Zaiz, vestida de luto riguroso, representa el rostro más amargo de este conflicto: tras huir en 2024, vio cómo su familia era aniquilada en su propio hogar. Para ella y otras 35 familias cristianas, la frontera de facto impuesta por Israel es un muro infranqueable que los mantiene lejos de lo que queda de sus vidas.

Lixett Santil

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