9 de agosto de 2017 | 8 Visitas hasta ahora...

Lo normal

Por: José Antonio Gámez/@vidavibra

Foto: Edición Web

“Un ciego puede ser pintoresco; pero se necesitan dos ojos ((sanos)) para verlo pintoresco, Y similarmente, aun la más salvaje poesía de la locura, sólo puede percibirla el cuerdo. Para el insano su locura es perfectamente prosaica porque es perfectamente cierta. El hombre que se cree pollo, siente en sí, toda la insignificancia del pollo. Solamente porque vemos lo grotesco de su idea, podemos encontrarla hasta divertida; y solamente porque él no ve lo grotesco de su idea, lo han llevado a “Hanwell”. Abreviando, las rarezas sólo sorprenden a la gente normal. Las rarezas no sorprenden a la gente rara. Por esa razón, la gente normal se sabe divertir y la gente rara, siempre se lamenta del aburrimiento de la vida. Por esa razón, las novelas modernas fenecen; y por esa razón, los cuentos de hadas permanecen. Los viejos cuentos de hadas presentan al héroe como un joven humano normalmente normal; sus aventuras son las sorprendentes; y lo sorprenden porque es normal”. (G. K. Chesterton)

Obviamente, lo más frecuente en este momento es lo anormal. Lo anárquico, lo prosaico, lo ilegítimo, lo inconstitucional, lo violento se ha convertido en lo corriente dentro de la disolución de la República. Lo que parece valer la pena, se plantea como inalcanzable y nos llegamos a conformar con aquello para lo que alcanza nuestro esfuerzo. A estas horas del juego el cansancio es una tentación próxima. La capacidad de reacción se ha enlentecido y no sabemos si responder de inmediato o esperar una mejor oportunidad. Es necesaria la no violencia para desenmascarar a los violentos.

En momentos como estos se hace difícil definir lo normal. Es muy claro que cuando se disuelve la norma de forma violenta, no hay referencia posible. Luego lo opinable desde las posiciones de poder, es lo que más se puede confundir con la norma. Cuando esa opinión, o mejor dicho: cuando esas órdenes contravienen lo natural, lo civil, lo social, se produce una fractura que no es saldable desde el poder. Solo el convencimiento que promueve la autoridad, es capaz de fusionar lo que la violencia pretende pervertir. Cuando esa violencia es ejercida desde la posición que otorga la exclusividad en el uso de las armas, el peligro se hace inminente.

¿A partir de cuántos muertos civiles, desarmados e indefensos, se debe declarar un genocidio? Es decir, ¿cuántos asesinatos hacen falta para tildar a un régimen como forajido? Partiendo de una idea “normal” de los derechos humanos, da la impresión que bastaría la muerte de un solo ciudadano en las circunstancias citadas. Sin embargo, parece que desde la dinámica de la política internacional y las posiciones diplomáticas, se deben contar por miles los asesinados para que se reconozca al genocida. Alguno podría argumentar, sin dejar de tener razón, que lo que hemos sufrido en estos últimos meses son “asesinatos en serie”. No se ha tratado de la muerte de una masa, de una multitud de personas mediante una acción única y deliberada. Sin embargo, ¿es posible negar la intención letal con la que se ha atacado a las grandes manifestaciones y movilizaciones de los opuestos al régimen? ¿Tendrá alguna relevancia el hecho de que un número significativo de las víctimas asesinadas se cuenten entre jóvenes y menores de edad? Se podría sospechar alguna intención de limpieza étnica, si en este país todos no fuéramos tan mezclados como somos.

De cualquier forma, no es irrelevante el número, ni la condición de los asesinados. Seguramente, los especialistas en derecho penal tendrán que emitir los juicios de valor sobre la tipificación de los crímenes cometidos por la fuerza pública, durante este último año. La remoción injusta de la Fiscal General será una traba procesal para los respectivos expedientes. Sin embargo, el retraso de los procesos no debe ser impedimento para que la justicia señale a los culpables y se cumplan las condenas. Una legítima comisión de la verdad, tendrá que establecer a los responsables y determinar las compensaciones que tengan lugar.

Todo esto sería lo “normal”. Ya estamos acostumbrados a que eso sea justamente lo menos frecuente. Cuando no sucede precisamente lo contrario; los asesinos son premiados como héroes y los héroes, encarcelados como asesinos. Nadie puede dudar que mientras el poder esté en manos de los usurpadores e invasores, será muy difícil llegar al fondo del asunto. La perseverancia en la denuncia y la constancia en la recolección de pruebas, son tareas que no deben abandonarse.

La apuesta por una lucha no violenta, sigue siendo la decisión más segura y efectiva que se puede tomar. Debería ser lo normal. Las formas en que esta lucha debe manifestarse no se han agotado, y pertenecen a la creatividad de nuestros jóvenes resistentes. La protesta civil continuará. No rendirse, no cansarse, no quemarse, no consumirse, no abandonarse seguirán siendo las consignas de una lucha desarmada de violencia y apertrechada de razón.


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