19 de abril de 2017 | 42 Visitas hasta ahora...

Las segundas muertes del chavismo

Por: Daniel Asuaje/@signosysenales

Foto: Edición Web

El chavismo tiene la rara particularidad de poder morir varias veces y resucitar, por ahora, después de ellas. La primera muerte fue al nacer, el 4F. Ese día amaneció de golpe y murió ese mismo día de incompetencia militar de la mano de su jefe máximo. Resucitó años después gracias al abrazo suicida de Irene Sáez con Copei y AD. La miopía de la dirigencia de entonces no pudo ver que abrazarse a su tabla de salvación condenaba al hundimiento de tabla y náufragos.

La siguiente muerte fue la del 11A, para resucitar el 13 del mismo mes gracias a un gerente privado de habilidad política y a unos uniformados con poca inteligencia militar.

La tercera muerte es la actual. Una agonía prolongada que cada tanto pareciera caer en estertores finales, pero con recuperación limitada sin poder salir del cuadro de deterioro crónico. Este proceso comenzó desde antes de la muerte de su caudillo, cuando en cada proceso eleccionario, y de manera franca desde el 2008, se hacía evidente la disminución absoluta y relativa del capital electoral chavista. Se agravó desde la dolorosa agonía y muerte del líder, episodio administrado por las burocracias cubana y venezolana quienes secuestraron el derecho de un ser humano a morir en la privacidad familiar. Con este secuestro construían una narrativa que pretendía asegurar torcer los dictámenes del cáncer, tal como dijeron vencer a los de la política, la economía y las reglas institucionales. Pero fue en ocasión del paso de la elección del 2012 a la del 2013 cuando la cúpula chavista vio evaporarse cerca de dos millones de votos, ganando esa vez por un exiguo y discutido 0,59 por ciento de diferencia que no borró las sospechas de fraude.

En todos esos eventos mortuorios del chavismo podemos observar las siguientes constantes. La primera es que son endógenas a este sector político, es decir tienen su origen más en su visión de las cosas y manera de proceder que producidas por sus adversarios, lo que es una manera de decir que son esencialmente chacumbelianos o que no tienen peor enemigo que ellos mismos. Segundo, en ninguno de estos sucesos el chavismo se vio a sí mismo en situación de catástrofe, ni siquiera en las elecciones parlamentarias recientes. Tercero las resurrecciones se han operado más por errores de la dirigencia opositora que por aciertos chavistas, que también los ha habido, por supuesto. Y cuarto los militares funcionaron como el fiel de la balanza y por donde se inclinaron ese fue el lado que resultó victorioso en la contienda entre chavismo y oposición.

En la situación actual el factor uno sigue inalterable: el chavismo es su propio sepulturero. El segundo hoy es distinto pues la cúpula chavista percibe el desastre nacional, la crisis generalizada, su fragmentación interna, el deterioro de la gobernabilidad gubernamental, su escaso margen de maniobra financiera, política y su debilidad nacional e internacional.

En cuanto al tercero hoy son más evidente las coincidencias que las discrepancias en el seno de la dirigencia opositora y también el nivel de sintonización entre la protesta social y la política, coincidiendo mayoritariamente en el mismo clamor: sustituir al gobierno actual. Que los factores dos y tres sean ahora tan marcadamente diferentes al pasado, quizás hagan que el cuarto, los militares, terminen inclinando la balanza hacia el bando tradicionalmente perdedor.

Que la situación sea la que ahora tenemos no ha sido fruto del azar. Es consecuencia directa de la absurda y terca pretensión chavista de buscar mejores logros haciendo lo mismo que ha producido nefastos resultados en todo el mundo. De asumir que las leyes del mercado, la política, las prácticas gerenciales, procedimientos administrativos, los procesos naturales, los flujos productivos y distributivos podían ser gobernadas por la ideología. De pensar que la política internacional se rige por principios de solidaridad en lugar de por intereses de los estados. De creer que con cambiar el nombre de las cosas bastaba para cambiar la realidad y lo que todos percibíamos de ella. Todas estas causas pertenecen a la esencia del chavismo, pero la guinda de la torta fue el fracaso de la tentativa de diálogo. Juzgado como una maniobra de traición por los radicales y como un error por los críticos más benévolos, hoy, en perspectiva, luce como un auténtico acierto pues ya la mayoría abrumadora de la comunidad internacional se dio cuenta de su imposibilidad con un gobierno tramposo. Su exigencia ahora es el restablecimiento del hilo constitucional, sin insistir en el diálogo. El gobierno responde a este clamor planetario con la única respuesta democrática que conoce: distribuyendo represión y miseria entre todos.

Este autoritarismo voluntarista, improvisado, mezclador de ideología y deseos con realidades, parece tocar a su fin sin perdonarle al país ser distinto a su visión. Cancela todo rastro interno de civilización con una ferocidad que causar estupor y espanto, pero sin detener a la historia.


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