6 de diciembre de 2017 | 30 Visitas hasta ahora...

La mansión en la cabeza

Por: Jonathan Reverón

Jonathan Reverón

Los dos bolívares que hay en la calle alborotan el zaperoco de nuestros días. Un buen termómetro es el metro, y con la mayoría de sus torniquetes libres, la sambumbia está servida a toda hora. En la ciudad se va creando entonces una réplica tropical de El Cairo contemporáneo, donde todas las emergencias reales y ficticias se agolpan, y terminan en la exacerbación de eso que llamamos tercer mundo. A las fechas se le han unido algunas sorpresivas lluvias, el repunte de cráteres sobre el pavimento y un mosquero que nos recuerda que el sistema de recolección de basura también califica entre las deficiencias de todas nuestras alcaldías, próximamente a ser renovadas.
Este fin de semana continúa el proceso de cauce. Otra campaña atípica, con liderazgos reconocidos y otros tantos que hasta el sótano de su subconsciente sabe que no va para ningún baile, pero sea cual sea la razón, suman, porque yo creo que entre más candidatos, poco a poco, continuaremos quitándole paja al país del Twitter y abonando al de la realidad aplastante. Cada vez queda menos sustancia en la parodia virtual. Me sorprenden hogares humildes que han logrado su milagro de la hallaca. Algunos las han hecho en noviembre, lo mismo que panes de jamón, para congelar y sabiamente guardar para el día de Navidad, porque tomaron la precaución de la escalada del dólar paralelo. Para pocos es un secreto que esta cifra que hoy se llora frente a anaqueles, fue anunciada, como si la bolsa de valores fuese más predecible que cualquier carta astral. ¡Llegará a cien!, escuché tantas veces a mediados de año. Sin embargo en este pregón de ayayays, queda demostrado ese dicho tan venezolano que reza: el rancho se lleva en la cabeza. Entre este marañoso diciembre, y con un acertado uso de nuestra inteligencia y capacidad de amar la vida, podemos concretar algunos oasis, desmontar el rancho y hacer una mansión a punta de gríngolas. Ayer se inauguró, contra todo pronóstico, el Festival de la Lectura de Chacao, y la semana pasada La Feria del Libro del Oeste.
Todavía quedan lugares, clásicos del repertorio de la restauración caraqueña con un buen café y alguna pizza decente y pagable. Workshops, exposiciones, conciertos, carruchas y cientos de creadores reinventan el estancamiento para encender la chispa que más temprano que tarde superará del todo al sentimiento nacional, ese capítulo que estamos dispuestos a escribir.


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