18 de mayo de 2017 | 4 Visitas hasta ahora...

El camino de Ricardo Piglia

Por: RICARDO GIL OTAIZA

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Con la partida de un escritor se estremece para siempre la palabra consustanciada con el tejido social, imbricada en la cultura como una manera de entender la existencia. El 6 de enero de 2017 falleció en Buenos Aires el escritor argentino Ricardo Piglia, y con él se marchó también la posibilidad de la concisión del verbo, de la densidad metafórica, de la búsqueda incesante de la perfección que en su obra fue tangible desde la narración y el ensayo. Gustó Piglia de la tradición borgeana, de la razón anclada en el portentoso precedente de Macedonio Fernández, de lo minimalista traducido en contundencia y artificio literario. Su Emilio Renzi (personaje mítico en el ideario literario de América Latina) forma parte insalvable de una larga tradición autoral que busca, desde lo arquetípico del buen relato, la noción de lo propio sin desprenderse jamás de su aspiración universal.

En los textos piglianos apreciamos el drama, la violencia, la amoralidad de unos temas y de unas situaciones que auscultan sin temor en lo escatológico, para adentrarse en la psique de lo mórbido y de lo perverso de los bajos fondos y las orillas, hasta hacerse parte de lo social como referente ontológico y artístico. Su mundo ficcional, que parte desde los estupendos relatos incluidos en La invasión, hasta alcanzar las cimas de Blanco nocturno (Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos) y El camino de Ida (uno de sus últimos grandes relatos), nos muestran al maestro consagrado, que llega a la plenitud de su estilo y de su obra casi al final de su periplo vital. Tuvo que pagar Piglia con creces la trágica cuota de ser considerado un autor de “minorías” y de élites durante muchos años (décadas quizás), a pesar de su portentosa obra literaria y del despertar de los lectores que hicieron de él a un autor de culto, infaltable en las reuniones literarias y en los más importantes conciliábulos de su país y de otras naciones. Su irrupción como autor fundamental de la narrativa latinoamericana fue un rumor de voces: una forma de deslave que lentamente fue colmando sus espacios naturales desde unos textos muy bien logrados (casi perfectos), y que se hicieron imprescindibles, hasta llegar a convertirse en verdaderos clásicos de las letras.

En lo particular destaco dos libros emblemáticos en la vasta obra de Piglia: Formas breves (2000) y El último lector (2000). El primero de ellos es un conjunto de relatos-ensayos-crónicas (¿?) sucintos, precisos y maravillosos, que nos llevan a recorrer la larga tradición literaria de la Argentina libresca. Si bien su verdadera naturaleza se pierde en la hibridación (que en sus manos alcanza la perfección estilística), su razón de ser no es otra que la de deshacerse de las ataduras propias de los géneros, para adentrarse sin rubor en el territorio del desvarío argumental. Todas las piezas incluidas en este tomo “inaudito” son pequeñas obras maestras que se disfrutan de principio a fin. En cuanto a El último lector (mi favorito) representa su mayor legado prosístico: el receptáculo en el que convergen disímiles ensayos, que buscan con elegancia e inteligencia mostrarnos los complejos mundos de la lectura y sus más conspicuos cultores y representantes. En este tomo deja al descubierto el autor una rica cultura literaria, que se hace manifiesta en estupendas piezas que alcanzan altas cimas del intelecto. No dudaría en calificar a este libro como una auténtica joya de la literatura universal, que nos sirve de camino para acercarnos al resto de su obra, así como a la de todos aquellos que hicieron de él un poseso de la palabra escrita y un autor insoslayable en lengua española.

@GilOtaiza


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